¿Qué es Propósito & Acción?


De poco sirve tener una IDEA si no la pones en PRÁCTICA. De nada sirve marcarte un OBJETIVO si no haces el TRABAJO que lo convierte en realidad. Pero lo más importante es tener clara tu META y trazar una hoja de ruta que se ajuste a tus NECESIDADES. Precisarás ORIENTACIÓN FORMATIVA para recorrer el camino, MOTIVACIÓN que te impulse hacia adelante y ASESORAMIENTO PERSONAL para sacar lo mejor de ti mismo.

Ese es el PROPÓSITO, pasemos ahora a la ACCIÓN.



Pensando en el propósito para pasar a la acción...

19 marzo 2013

Las nubes en lo alto de la torre 11, el junco y el viento y otras historias que me rondan la cabeza...

Subo al office de la planta 11 a tomar un café y una rueda de nubes grises y cargadas de agua rodean los cristales del edificio. Como si de un tiovivo se tratara, giran y giran a mi alrededor, cada vez más cerca, amenazantes... Pareciera como si su intención fuese oprimir el edificio, hacer saltar los cristales de las ventanas y entrar en los despachos, en los pasillos, en la recepción, en la sala de espera...
 
Un sorbo. Otro sorbo más de café... Está bueno. Mi garganta se calienta, mientras, tras el cristal, se adivina el aire frío y húmedo que hoy todo lo envuelve.
 
Ya en mi despacho algo me impide seguir avanzando con la evolución de la cúpula desde el Panteón de Agripa hasta el Sacre Coeur de París... Los dedos, antes ágiles sobre el teclado, ahora pesan y no responden a los impulsos que mi cerebro les manda. Mis falanges se rebelan: huelga táctil... Fuera, las nubes me llaman desde el otro lado del cristal... En el despacho estoy como flotando, fuera del mundo, tan alto y en una esquina del edificio, con paredes de cristal delante y a la izquierda mía... Las nubes que vienen desde la campiña están deshilachadas como guata antigua y muy usada... En cambio, las que viene hacia mi desde el norte son recias, compactas, duras... Nada puede entreverse a través de ellas. No sabemos que hay detrás, que ocurrirá cuando ellas pasen...
 
Me quedo absorto mirándolas a través del cristal... Todo está tan mojado: los cristales del Hotel Hilton, las calles, los coches... Los árboles del parque se adivinan cargados de gotas de lluvia, muy pesados... Los pájaros estarán refugiados entre sus ramas, esperando que por fin escampe. Pero no parece que vaya a hacerlo...
 
 
 
 
Una nube más oscura que el resto de sus hermanas se acerca a mis ventanas. Oigo caer la lluvia que golpea el cristal. Como si de lágrimas se tratara, una gota tras otra resbalan hacia el marco de alumnio gris y azul de la ventana... Y allí veo posado a un pajaro, pequeño... Un gorrión. Está mojado y encoge su cabeza entre sus plumas... Abre su pico como si quisiera decirme algo y me mira... Yo lo miro también... El tiempo parece que se detiene cuando me veo atrapado en el globo líquido y negro de su ojo absorto. Y no pasa nada más durante mucho rato... Mira sin moverse y yo procuro no hacerlo tampoco, temiendo que el gorrión salga volando asustado por mi tamaño...
 
 
 
 
Arrecia la lluvia que cae con fuerza sobre la ventana empapándolo todo... ¡Vete gorrión, vuela...!, me digo en silencio, pero no... Ahí está, bajo la lluvia, valiente, sin dejar de observarme... ¿Qué ves que no te vas? ¿No te da miedo que la lluvia empape tus alas y no puedas volver a casa? Más lluvia, mucha más... Las gotas que caen son gordas; cada una, al chocar con el alféizar, explota en mil perlas más pequeñas que se disparan en todas direcciones... Su ojo negro no parpadea... ¿Qué quieres decirme?
 
 
 
 
De pronto, la nube más cercana a mi ventana lo envuelve todo, sumiéndonos en un vapor gris... Una mano flaca y huesuda sale de la nada y abre su palma ante el gorrión. Éste, dando tres saltitos, se posa en ella y se acomoda. La mano se cierra levemente y se lo lleva de mi vista... ¡No te vayas, por favor...! ¡No te vayas aún! Abro la ventana y el viento me golpea la cara... La lluvia moja los libros y la lámpara de mesa que hay sobre el mueble. El aire me echa para atrás con fuerza y el agua salpica el suelo de madera... Casi caigo sobre uno de los sillones del despacho. Tengo que cerrar la ventana o todo se pondrá perdido. Allí voy, decidido... Pero no puedo acercarme más; el viento trae la lluvia que moja mi cara... Hago un esfuerzo y logro asirme al pomo de la ventana justo cuando un brazo de aire furioso me coge por la cintura y me saca del despacho... Todo ocurre en un instante...
 
La nube gris me centriguga como si de ropa en la lavadora se tratase. No veo nada fuera de mi, sólo logro verme a mi mismo. Mis ojos miran hacia dentro. Y no ven nada que no haya pasado antes... ¿Qué hago aquí? ¿Qué soy yo? Asciendo, eso si noto... Asciendo vertiginosamente sin parar... Y no hago otra cosa durante un instante que no parece acabar. ¿Adónde me llevas?
 
El frío va desapareciendo, muy lentamente... Y noto como mi piel y mi pelo mojados comienzan a secarse... El frío deja paso a un aire más templado, tendente a cálido... Todo se torna dorado, primero muy sutilmente; más tarde sin disimulos... La nube ha trocado los grises por ocres, luego por amarillos... Ya no hay nube a mi alrededor, sólo luz. La luz es casi blanca con reflejos que pasan del oro a la plata. Y lo envuelve todo. Mi cuerpo desnudo sin mácula resbala por la suave pendiente que el halo de luz más brillante ha construido para mi. Me deslizo como en un tobogán, como cuando era niño. Desciendo sin miedo, alegre... Más rápido, más rápido.
 
Ante mis ojos atónitos se abre un prado inmenso, lleno de verdor... No tiene fin, todo es verde y azul, rosa, amarillo, violeta, blanco... Las yemas de mis dedos rozan la hierba fina y fresca mientras paseo... Los pétalos de las flores son suaves. Su olor fragante... 
 
 
 
 
Oigo el rumor del agua no muy lejos e intuyo un arroyuelo. Me dejo guiar por mis oidos hasta que lo encuentro. Me asomo como si fuera Narciso y veo en sus aguas mi reflejo. Soy yo, me reconozco, pero estoy tan cambiado... No veo en mi las huellas de la vida, sino el reflejo me devuelve el que siempre he sido, el inmutable, el eterno...
 
 
Absorto y expectante descubro que mis ojos ya no son verdes sino negros, tan negros y líquidos como los del gorrión de mi despacho. Tiran de mí sin que sea posible oponer resistencia. Voy a caer sin remedio, pero no al agua, sino a la negrura blanda de mi misma mirada. Y lo hago sin oponer resistencia... Rendido. El ojo reflejado crece hasta dar cabida a mi cuerpo desnudo y me engulle todo.
 
Ni siquiera silencio. Nada.
 
Justo en la orilla del arroyuelo crecen los juncos, que se mueven airosos al ritmo que marca la brisa. Suavemente se inicia el baile con un ritmo acompasado... Suena el oboe más hondo que la flauta; trompas y trombones imponen la armonía; la tuba lucha por sobresalir del compás mecido de violines y violas...   El arpa acompaña al piano... Y los juncos danzantes, hacia adelante y hacia atrás, muy suavemente bailan: los pies quietos y juntos, enterrados en la tierra cubierta de agua, pero el cuerpo esbelto y cimbreante, impulsado por el viento, enlaza cada quiebro con una nota. Baile sin fin, danza que se extiende por toda la eternidad. Asisten al evento mariposas e insectos, revoloteando alrededor de la mata de juncos... Una rana pequeña asoma su cara y la vuelve a ocultar bajo el agua... El viento trae algunos pétalos de flor que se abrazan a los juncos...
 
De todos ellos, hay uno que es el más pequeño y fino, el más verde... Debe haber nacido de la orilla hace poco. No tiene la gracia ni la altura de los juncos más altos y más recios, más maduros y secos. Pobre... Le cuesta seguir el ritmo y los pasos del baile mecido. Pero lo intenta sin desfallecer... El viento lo dobla más, pues no puede apenas ofrecer resistencia; los otros juncos, en cambio, describen el arco justo que hace de su danza un movimiento perfecto: hacia adelante, hacia atrás, otra vez hacia adelante... Resulta agotador para el joven junco verde seguir el ritmo del baile impuesto, pero no ceja en su empeño. Siempre cae más atrás, siempre llega más abajo, sus movimientos desentonan del conjunto, provocando cierta desaprobación entre sus hermanos...
 
 
 
 
Cuando el cielo azul comienza a oscurecerse y la luna blanca y redonda asoma su cara por el horizonte, mil vientos salidos de la nada irrumpen en la plácida orilla del arroyuelo. Soplán fuerte como Céfiro enfurecido. Muy fuerte y constante es su soplido... Sus carrillos hinchados sueltan aire sin parar sorprendiendo a la inercia cómoda y oscilante de la mata. Es un viento implacable, sin piedad... Es el Viento.
 
 
 
 
Primero fue el más viejo, el menos flexible, pero luego le siguieron todos los demás. Uno detrás de otro se fueron rompiendo los juncos, dejando a la vista sus porosos y secos cuerpos. Astillados y punzantes, pajizos y huecos ahora son los antaño danzantes. Todos menos uno: el pequeño junco verde, el más joven, el más flexible sigue en pie... Y con denuedo se enfrenta al asesino Céfiro: hacia adelante, hacia atrás, llegando al límite y sin romperse... ¿Miedo? Todo... ¿Esperanza? Siempre...
 
En ayuda de Céfiro llegan Tramontana, Levante, Siroco, Ostro, Mistral... Cada uno de ellos con sus ejércitos de soplos y brisas... Pero no es posible vencer a la juventud que verdea. Ni mil vientos más hubieran podido partir lo que sólo puede ser doblado. Flexible su cuerpo, también delgado y fino, jugoso, húmedo, adaptable... Esa es la victoria. Su inexperiencia y su flexibilidad se la otorgó. Sus ganas de seguir, sus ganas de vivir...
 
Se hizo la calma y nada se mueve ya. Poco a poco, el junco verde se endereza y recompone... Erguido, más alto que ningún otro junto a él. Vivo y no muerto.
 
A la espera de comenzar una nueva danza que ahora él dirigirá, de pronto, un gorrión pequeño y con unos ojos líquidos se posa en él... Y él lo sostiene firme, pues su talle se ha endurecido en el combate sin por ello perder flexibilidad. Sopla el viento ahora, más bien la brisa suave, y todo se impregna del olor a hierba y flores de este prado eterno. Sale el Sol y todo se ilumina de una luz dorada...
 
 
 
 
A todos aquellos que se sienten juncos verdes, con mucho que bailar todavía